¿Un mundo de traducción automática? Parte II

Translation-Automatic-Part2

Our life is frittered away by detail… simplify, simplify

¿Y si la imparable involución que sigue nuestra cultura, el entontecimiento progresivo de los humanos, obedeciera a un programa orquestado para dilapidar, entre otros patrimonios públicos, la riqueza lingüística? No se nos escapa que, como viene sucediendo en otros campos desde los inicios de la globalización económica, los intereses de unos pocos gigantes de la ingeniería computacional saldrán muy beneficiados si se simplifican las comunicaciones humanas.

A mayor empobrecimiento lingüístico, mayor facilidad para implantar con éxito sistemas capaces de traducir automáticamente buena parte de los mensajes. Si se lograra simplificar cuantitativa y cualitativamente las estructuras y los contenidos lingüísticos, el beneficio sería doble: a) las secuencias objeto de traducción serían cada vez más sencillas, repetitivas, controlables y fáciles de traducir; b) los decodificadores de esas secuencias traducidas, es decir, los humanos lectores u oyentes de esos mensajes, acabarían rebajando a niveles mínimos su exigencia de calidad lingüística, flexibilizando por completo sus umbrales de gramaticalidad y naturalidad, a semejanza de lo que ya ocurre, por ejemplo, con el uso del inglés como lengua franca. La inteligencia creativa y el pensamiento dejarían de obstaculizar la computarización, porque apenas intervendrían en los actos lingüísticos rutinarios. En consecuencia, como la traducción dejaría de ser un acto cognitivo complejo, se podría traducir con inteligencia artificial.

Esta hipótesis distópica resulta mucho más aterradora que el auge de los sistemas de traducción automática en sí, puesto que va mucho más lejos y nos dibuja un panorama de desierto cultural. Tal vez estemos yendo demasiado lejos, pero no son pocos los indicios que apuntan hacia ese horizonte, como veremos a continuación.

 

El proceso cognitivo de la traducción humana

La traducción humana, también llamada últimamente “traducción tradicional” (cualquier día la llamarán “artesanal”), por oposición a la moderna traducción automática, es tan heterogénea como los tipos de escritura. Entre la traducción de un texto filosófico del siglo xx y la de un manual de un teléfono móvil inteligente del siglo xxi media un abismo. La complejidad del proceso cognitivo de la traducción es directamente proporcional a la complejidad del texto que se traduce.

Al enfrentarse a un texto, el traductor humano debe procesarlo cognitivamente al menos en los siguientes niveles:

  • Nivel semántico.
  • Nivel sintáctico.
  • Nivel pragmático y discursivo.
  • Nivel fónico.
  • Nivel estilístico.

Cuanto más elaborado sea el texto original, más exigente será el trabajo del traductor. Aunque todos los niveles deberían ser objeto de análisis en la traducción de cualquier tipo de texto, a veces los elementos semánticos y terminológicos adquieren un estatus preeminente en detrimento de los aspectos más formales (sintácticos, pragmáticos, sonoros y estilísticos), bien porque el original descuida ese plano o porque el destinatario final del texto lo considera superfluo.

Muy a menudo, por ejemplo, los contenidos que se difunden en internet obedecen a consignas de claridad simplista, con absoluto desdén por lo que respecta a la eufonía, la densidad léxica, la cohesión discursiva, la riqueza sintáctica, etc. Algunos manuales recomiendan escribir para la web con frases breves, párrafos cortos, sintaxis básica, grandes dosis de claridad visual y repeticiones léxicas deliberadas, que responden al objetivo de lograr un mejor posicionamiento en los buscadores. Lo importante es gustarle a Google. Precisamente a Google, la misma empresa que ha lanzado en los últimos años su ambicioso programa de traducción automática basada en redes neuronales, la gran innovación del momento en este campo, Google Neural Machine Translation (GNMT), que sustituirá al paradigma actual de la Statistical Machine Translation (SMT). ¿Casualidad?

La traducción asistida por ordenador

Uno de los grandes avances hacia la automatización masiva de la traducción llegó de la mano de los programas de traducción asistida, las llamadas “herramientas TAO”. Con ellas los traductores aprendimos a almacenar en una base de datos las secuencias traducidas, junto con sus correspondientes originales, a fin de reutilizar esa información en el futuro. Y a pesar de que la inversión en la compra del software salía de nuestro bolsillo, perdimos poder adquisitivo porque muchas empresas nos exigieron descuentos por repetición.

Otra consecuencia de la generalización de la traducción asistida fue la reducción del texto a una sucesión de frases inconexas. Los ingenieros computacionales que inventaron esos sistemas se olvidaron del párrafo, el texto, el contexto y la cohesión discursiva. A su vez, muchos traductores humanos dejaron de recurrir a procedimientos como la anáfora, la catáfora, la elipsis y la deixis. En los casos más extremos, acabaron renunciando por completo al estilo y aproximándose peligrosamente al concepto de traducción automática. La lógica subyacente es esta: si el texto original es repetitivo y mi cliente me descuenta un tanto por cada repetición, no me conviene cambiar lo que se repite.

La mentalidad cortoplacista de los traductores humanos que traducen como máquinas nos ha traído males mayores, puesto que los desarrolladores de las herramientas TAO han dejado de interesarse por mejorar el entorno de trabajo del traductor y, en cambio, han decidido incorporar módulos de traducción automática en el software TAO, con dos finalidades complementarias entre sí: a) acostumbrar al traductor humano a valerse de la traducción automática en el proceso metodológico y cognitivo de la traducción; y b) alimentar los sistemas de traducción automática con el fruto de la traducción humana: las memorias de traducción.

¡Qué gran idea! La estrategia es perfecta. Los traductores humanos financiamos y alimentamos las fuentes de datos de la traducción automática, al tiempo que presenciamos la continua precarización de nuestra actividad.

En la tercera y última entrega trataré de exponer cómo imagino el futuro del traductor profesional en sus diversas especialidades, a la luz de los cambios que se avecinan.

© Marta Pino Moreno

[1] “Malgastamos la vida en detalles… Simplifiquemos, simplifiquemos” (Henry David Thoreau, Walden).

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